08/02/2013

El origen de la Homeopatía

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¿Cuándo nació la homeopatía? ¿Quién la estudió? ¿Cuáles son sus fundamentos?

La Homeopatía, como terapia médica, fue creada por Samuel Friedrich Hahnemann (1755-1843). Hahnemann nació en Meissen (Alemania) y estudió en Leipzig, Viena y Erlagen, graduándose en 1779. Durante los primeros años de su profesión no ejerció la medicina clínica, sino que se dedicó a la traducción de obras médicas y lingüísticas.

Las primeras ideas sobre la homeopatía surgen cuando traduce un libro de Cullen, la "Materia Clínica", en la que se describen los efectos de la quinina en la curación de fiebres intermitentes. Hahnemann comenzó a investigar el fenómeno descrito, auto administrándose dosis masivas de quinina, y experimentando su reacción. Los efectos observados en su propio organismo fueron precisamente los típicos de un estado febril, lo que llevó al médico alemán a asociar los síntomas producidos por la sustancia en un individuo sano, con sus efectos sobre un enfermo con idénticos síntomas.

En 1810, Hahnemann publica su obra fundamental, Organnon der Rationellen Heilkunde, en la que define y precisa la ley de similitud, según la cual:

1.-Toda sustancia activa farmacológicamente, provoca en el individuo sano y sensible un conjunto de síntomas característicos de dicha sustancia.

2.-Todo individuo enfermo presenta un conjunto de síntomas que caracterizan a su enfermedad.

3.-La curación se puede obtener mediante la administración de una pequeña cantidad de la sustancia cuyos efectos sean similares a los de la enfermedad.

Este principio básico de la terapia desarrollada por Hahnemman es el que ha dado nombre a la misma. Homeopatía significa "curar con lo mismo", es decir, curar con aquello que enferma de igual manera al individuo sano.

El proceso que siguieron a continuación, tanto él como sus seguidores, fue el de confeccionar una relación de sustancias activas, anotando cuidadosamente los síntomas que cada sustancia producía al individuo sano. Este proceso es el denominado "patogenesia". De esta manera, bastaría consultar esta relación de síntomas y sustancias activas para, dado un cuadro sintomatológico concreto, saber de inmediato qué sustancia se debería recetar al paciente.

En el ejercicio y desarrollo de esta disciplina, Hahnemann y sus discípulos observaron que, en algunos de los procesos, existía un agravamiento de los síntomas de la enfermedad antes de su curación, cuando ésta se daba. Observó también que ciertas sustancias muy tóxicas administradas a animales hacían que éstos describiesen cuadros clínicos muy característicos, y que en muchas ocasiones conducían a la muerte del animal. Así, por ejemplo, el arsénico administrado a ratones, provocaba en éstos una serie de espasmos similares a los asociados a cuadros epilépticos. Reduciendo las dosis, se podía llegar a reproducir los espasmos, pero sin causar la muerte al animal; y reduciéndola más aún, se podía conseguir que el animal apenas mostrase síntoma alguno.

Esta serie de observaciones condujeron a Hahnemann a suponer que, cuanto menor fuera la dosis administrada al enfermo, más rápida y eficaz sería la curación, desarrollando así el segundo principio básico de la homeopatía, conocido como principio de las dosis infinitesimales. Cualquier producto que se elaborase para administrárselo a un paciente, de acuerdo con la teoría homeopática, consistiría en una pequeña porción de la sustancia activa, prescrita de acuerdo con la materia médica, y diluida sucesivamente hasta que prácticamente no quede sustancia activa en el preparado.

La única explicación lógica que podía buscarse a este principio era que, en el proceso de dilución del principio activo, el medio en el que se diluía éste -normalmente agua- fuera capaz de "memorizar" las características del agente activo, pero evitando su toxicidad, ya que aquél desaparecía. Suponiendo cierto esto, para que el tratamiento fuera más eficaz se necesitaría agitar vigorosamente el preparado durante su proceso de dilución, de manera que todas las moléculas del disolvente entraran en contacto con la sustancia activa.

Es lo que se conoce como dinamización, y exige no sólo una intensa agitación del preparado, sino también que el proceso se realice en sucesivas fases de dilución 1/10 ó 1/100. Es decir, disolviendo sucesivamente una parte de la mezcla original en 10 ó 100 partes de disolvente respectivamente, repitiendo a continuación el proceso. El número de repeticiones efectuadas determina la potencia de la disolución, en decimales (o centesimales) hahnemannianos: DH (o CH).

Una última ley de la homeopatía se denomina Ley de la Individualización, y de acuerdo con ella los homeópatas hacen suyo el viejo aforismo de "no hay enfermedades sino enfermos" Todo estudio sintomático y todo remedio homeopático deben confeccionarse exclusivamente para cada paciente, y no tienen sentido los remedios generales. Esta ley es la que con más frecuencia ignoran los homeópatas, y la que, en cualquier caso, permite justificar cualquier posible fracaso de un tratamiento determinado o de un estudio clínico. No impide, sin embargo, que los homeópatas refieran aquellos estudios clínicos que sí les dan la razón.

Justificación histórica

En medio del ejercicio de la medicina propia del siglo XVIII, la homeopatía fue muy bien acogida, y se generó una vasta literatura sobre la misma. Esta acogida se explica en parte porque los remedios homeopáticos eran infinitamente menos agresivos que los utilizados por los médicos de la época. En aquellos años eran muy utilizados métodos como las sangrías, tratamientos con sanguijuelas o terribles dietas debilitantes. Se llegó al punto en el que algunos médicos aseguraban que "la mejor medicina consiste en no hacer nada".

Cuando los avances médicos permitieron el desarrollo de técnicas curativas menos agresivas que las enfermedades, este nihilismo médico dejó de tener sentido, y la homeopatía comenzó a declinar. En el siglo XX la homeopatía fue lentamente olvidada.

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